Ante la beatificación del Padre Bernardo de Hoyos
Godofredo Garabito Gregorio
Periodista y escritor

La cuenca del Hornija es noticia estos días porque, en el discurrir del año 1711, nació en Torrelobatón Bernardo Francisco de Hoyos, conocido como Padre Hoyos, de la Compañía de Jesús, que será beatificado en la próxima primavera de 2010.
Quiero pensar que cuando el niño Bernardo fue bautizado, a los 16 días de su nacimiento, se usaron naturalmente aguas del Valle del Hornija, por lo que puedo decir que su caudal, más de arroyo que de río, sirvió en aquel siglo XVIII para acristianar a un futuro santo jesuita.
Torrelobatón y su comarca vieron la infancia de aquel niño alegre que amplió los horizontes de su vida por Medina del Campo, Alaejos o Villagarcía de Campos, noviciado jesuítico. Podemos, pues, considerar que ese hermoso valle, ese río comunero que desde La Mudarra llegó a Villalar para presenciar la tragedia primordial del siglo XVI, estuvo vinculado a destacados acontecimientos de la vida del P. Hoyos.
Prescindiendo ahora de recorrer todo el proceso personal de este hombre muerto en plena juventud, paso a centrarme en la influencia jesuítica en lo tocante a la devoción por el Sagrado Corazón de Jesús, con cuya imagen era frecuente coronar, no hace tanto tiempo, elevaciones del terreno como el Otero de Palencia, el Cerro de los Ángeles en Getafe, el templo del Tibidabo barcelonés, la catedral vallisoletana…
Deseo fijarme en la devoción sencilla y profunda de los pueblos de Torozos, surgida a raíz de la aparición al P. Hoyos en el antiguo templo de San Ambrosio. A partir de entonces fructificó la piedad que cuajó en la asociación de fieles denominada Apostolado de la Oración, con sus prácticas de los primeros viernes de cada mes. Se trata de una tradición que conocí en mi pueblo natal, La Mudarra. En todas y cada una de las casas del pueblo, con sus dos hojas horizontales y su llamador, se encontraba una placa con la imagen de Cristo Rey exhibiendo su Corazón en llamas y el recuerdo de su revelación: “Reinaré en España con más veneración que en otras partes”. No faltaban los cantos en recuerdo del P. Hoyos:
“Quién dio a la España la nueva alegre
de los amores del Salvador,
fue el Padre Hoyos, que en San Ambrosio
del mismo Cristo la recibió”.
Pido disculpas porque el paso de tantos años en que este canto ha sido silenciado puede traicionar mi memoria.
Entre las imágenes de mi infancia perviven grabados aquellos primeros viernes, con la salvación garantizada si se cumplían las normas eclesiásticas. Recuerdo los “detentes” que, sobre fieltro blanco, mostraban el corazón en llamas y el escapulario que lucían las señoras, mientras el celador o la celadora coordinaban aquellos actos devotos y repartían las hojitas con las intenciones de ese Apostolado de la Oración que dio tantos frutos de piedad en la primera mitad del siglo XX.
No puedo olvidar la solemnidad del Santuario Nacional de la Gran Promesa, destino de tantas peregrinaciones que, desde su establecimiento en 1941, llegaban de distintas provincias españolas hasta el altar del Cristo de los Mártires, junto al cual aún se conserva la relación de los que, según se entendía, habían caído por Dios y por España. Álbumes primorosamente decorados y custodiados bajo llave, junto a los pies de la sagrada imagen.
Todos estos recuerdos hacen que mi mente regrese a Torrelobatón, a su castillo, a los Enríquez, señores de toda la comarca, al cangrejero Hornija, nacido en la Fuente Porras de mi pueblo natal, a la derrota de la causa comunera, al lugar donde vio la primera luz el P. Hoyos, cuya beatificación el próximo 18 de abril incluirá en el número de modelos que debemos seguir, a un hijo de la villa que pasará a ser el beato Padre Hoyos, en espera de que su beatificación eleve el sentido universal de la Iglesia Católica y, una vez más, Torrelobatón sea un hito, no sólo en el Valle del Hornija y en Torozos, sino también un centro de devoción mundial.